Por favor, Occidente, no te vayas. No nos dejes solos. No te alejes de mi. No queremos estar en manos de pueblos originarios. No nos referimos a los coyas o a los mapuches, ellos no quieren ser originarios, quieren ser ricos; la pesadilla es imaginar que podemos estar en manos de esos blancos populistas que en nombre de lo originario aspiran a parasitar con sus grandes culos en los despachos de la nueva burocracia nacional y estatal. Occidente, no te olvides que hay un Sur después del paredón.
Europa, en cuanto a ti, puedes irte o quedarte. En realidad nunca fuiste continente ni contenido más allá de estar de acuerdo en despedazarte con frecuencia y escarnio. Eres un invento imperial y semita. Judeocristiano que le dicen. Atenas – en donde se inventó la política de la paridad y el uso de la palabra como mediadora de conflictos – era imperio. Entró y salió a espada desnuda en cuanta polis se atrevió a cruzársele. Roma – magnificente por su Derecho y sus máximas en las que sus jerarcas meditaban sobre los excesos del poder y la necesidad de su moderación – crucificaba a Espartaco. Una vez disuelta la grandiosidad de lo clásico, el medioevo cristiano se volvió loco por haber sido portador de la peor de las locuras, la que se expande en nombre de la fe. La Inquisición y la Caza de Brujas, fueron su mejor logro administrativo.
Por pudor no deberíamos hablar de colonialismo y genocidio. Sería hacer leña del árbol caído. Vieja Europa nunca dejaste de ser tribal. Dices unión y piensas autonomía. Tú sí que crees en pueblos originarios. Eres étnica hasta la médula. Pero perdiste el tren de la historia. Renunciaste a la cópula por avaricia y no tienes baby boom. No eres más que euro. Y lo puedes perder. Merkel, Rajoy y Berlusconi son tus estadistas. En tu costilla oriental, más al centro, los grafittis antisemitas de tu racismo rancio no tienen sentido a pesar de escribirlos en los muros de Budapest, Bucarest, Zagreb o Varsovia. Por si esto no fuera suficiente, Europa, otra vez le sumas tu odio a los musulmanes, justificado en el maltrato contra las mujeres como si alguna vez hubieras tratado bien a alguien.
Europa, eres rara. Nací en Rumania, ¿puedo decir que soy europeo? Al lado de mi casa hay una coqueta parrilla que se llama “Minga”, viene bien la palabra, corresponde a mi identidad. Mi lengua materna es el húngaro, ¿puedo decir que es un idioma internacional?, ni siquiera sirve para hablar con uno mismo. Soy judío…gracias por todo.
Pero Europa tiene credenciales, no podemos ignorarlo. Dejo de lado la pasión turística para quienes se deleitan con Londres, París y Venecia. Bellas a no dudar. Por ejemplo, la democracia. Esa idea de que el poder no puede ser un centro con un ocupante vitalicio sino un espacio delegado, fortuito y cambiante. También la Rennaissance – suena lindo en francés – y su idea del Individuo con mayúscula, la del artista creador y la del viajante curioso. No olvidemos la tarea del empirismo liberal que elaboró la noción de propiedad, que en nada es una referencia mezquina, de ella deriva la condena de la tortura y la declaración del habeas corpus. ¿Qué sería de nosotros sin la Ilustración con su emblema que dice “ten el coraje de saber!”? ¿Qué dignidad humana nos cabría sin la autorización de explorar los misterios del mundo por más que le pese a Fausto y a todos los que advierten que conocer es peligroso? Por eso hablamos de las tinieblas de la censura despejadas por las Luces que nos alientan a pensar sin tutelas y a elaborar una moral universal para el nuevo sujeto llamado humanidad. Y, finalmente, el hecho revolucionario del paradigma científico que articula la voluntad de saber con la verificación de los enunciados, la refutabilidad de las teorías, y la publicidad de los resultados. ¿Quién es aquel que quiere perder este legado que se hace llamar Civilización Occidental? ¿Y quien se arriesga a despreciar por todo lo recién dicho a su adorada hija Europa?
Paridad política, moderación y contención del poder, intangibilidad del cuerpo, singularidad del individuo, libre expresión y pensamiento sin custodia, humanidad como nuevo conjunto de referencia moral, ¿qué otra forma de vida aparece en el horizonte que nos aliente a echar por la borda esta herencia llámese como se llame y darle la bienvenida a una nueva aurora?
Miro a lo lejos, y no veo nada. Miro cerca y veo a un par de fanáticos por allá, otro par de fanáticos por aquí, judíos ortodoxos seguros de sí y de sus seiscientos mandamientos diarios en nombre de la augusta segregación; bolivarianos con camisas rojas gritando a voz en cuello que un gobierno de ricos votado por pobres quedará para la eternidad; tejanos con botas que amenazan con arrojar una buena bomba por allá lejos si les aumentan los impuestos y les impiden ser dueños de la tierra; eslavos enriquecidos poseedores de bombas, clubes de futbol y del tráfico sexual; islamistas y evangelistas arrojando sus sacros libros dinamitados en nombre de la muerte pastoral. No quiero hablar de ciertos asiáticos porque me da miedo. No me vengan con el feng shui, el taichi o el origami. Ni con Lao Tsé, Confucio o el Dalai Lama. El ascetismo puede ser generoso o letal. No está mal si sirve para alongar los músculos, vaciar arterias y ser más paciente con la suegra. Pero el ascetismo impuesto por una dictadura es el peor. Trabajar y callarse. Trabajar y aplaudir. Me parece difícil que el gran gigante asiático pueda gerenciar a mil quinientos millones de seres vivientes como si fueran un regimiento al mando de un sargento. Parece una imagen demasiado estereotipada. Aunque es posible imaginar una alternativa aún peor. Quizás se los pueda administrar como si fueran cobayos de un laboratorio. Me refiero a una realidad que los pensadores europeos cuando nos quieren asustar llaman de un modo un poco macabro “tanatopolítica”. Las ciencias de la vida y de la muerte aplicadas a la conducción de grupos en un campo de concentración planetario.
Modelo chino: rey de la competitividad globalizada y protector de la patria grande.
Un argentino por adopción, nativo rumano, de lengua materna húngara, judío hasta el apellido, casado con una cristiana, ¿puedo decir que soy occidental y europeo? La verdad que no. No soy, me hago. Es lo que dijo mi mentor Jean Paul Sartre, uno no es, se hace.
Y si llegara a decidir hacerme a mi mismo bastante occidental y hasta un poco europeo, sólo será por amor a la filosofía, para salvarla de la religión que esclaviza, de la ciencia que manipula, de la burocracia que asesina, de la política que domestica. Por amor al oficio.
Por eso “no está bueno”, como dicen los del Pro, abandonar a Occidente y con él a Europa vieja y gastada como está, para que el mito del Individuo, de la paridad ciudadana, de la libertad de palabra, de la intangibilidad del cuerpo, del saber sin custodia, de la humanidad una, no se disuelvan y dejen la pista libre al Poder con mayúscula y a la servidumbre voluntaria que a tantos obnubila.
Hay que vivir la vida con una filosofía jazzera. Mucho swing, mucho feeling, y saber improvisar en los momentos necesarios. Comprender que, como decía el gran Duke Ellington: "Nada significa si no tiene swing". Jazzlosophy es una forma de vida; y nuestra vida esta rodeada de cosas jazzlosophy y de momentos jazzolosophy. Gozar y valorar el tiempo libre. Bebidas, Gastronomía, Viajes, Artes, Música, Cine, Literatura, Diseño y Estilo. Tratemos de recuperar el olvidado Arte de Vivir.
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3 jun 2013
7 mar 2013
Por qué el Jazz ya no es cool
Nuevamente me sorprendió la revista colombiana "El Malpensante"; en este caso con una columna del trompetista Nicholas Payton donde afirma que el jazz murió en 1959.
Sin dudas una afirmación polémica que tiene mucho de verdad aunque no lo queramos aceptar.
Aquí la columna completa.
"Por qué el jazz ya no es cool" por Nicholas Payton
El jazz murió en 1959.
Puede que haya tipos cool que digan que tocan jazz, pero ya no hay nada cool acerca del jazz como un todo.
El jazz murió cuando lo cool dejó de estar de moda.
Para empezar, el jazz era una idea limitada.
El jazz es una etiqueta que se impuso a los músicos.
Los músicos nunca debieron aceptar esa idea.
El jazz no es un carajo.
El jazz es incestuoso.
El jazz se separó y montó una casa aparte de la música popular norteamericana.
Gran error.
La música nunca se recuperó.
Ornette intentó salvar al jazz de sí mismo llevando a la música de regreso a sus raíces en Nueva Orleans, pero sus intentos fueron demasiado esotéricos.
El jazz murió en 1959; por eso Ornette intentó hacer “free jazz” en 1960.
El jazz solo es cool si no lo tocas para ganarte la vida.
Los músicos de jazz aceptaron la idea de que ser pobre está bien.
John Coltrane es un tipo encantador que disfruta la vida, pero el jazz dejó de ser cool en 1959.
El que tantos se aferren a una idea de lo que debe ser el jazz es justamente lo que hace que no sea cool.
La personas se aferran a una idea que murió hace mucho tiempo.
El jazz, como Buda, está muerto.
Déjenlo ir, gente, déjenlo ir.
Paul Whiteman era el rey del jazz y todos los reyes deben caer algún día.
El jazz no es cool, es frío, como la necrofilia.
Dejen de follar con los muertos y acepten a los vivos.
El jazz se preocupa demasiado por sí mismo como para ser cool.
El jazz murió en 1959.
El mejor álbum de jazz es Kind of Blue de Miles Davies.
En 1959 salió Time Out de Dave Brubeck.
El año más cool del jazz fue 1959.
El jazz es perseguido por sus propios fantasmas hambrientos.
Déjenlo morir.
Si quieren pueden ser mártires de una idea que murió hace más de medio siglo.
El jazz demostró ser limitado y, por lo tanto, demostró no ser cool.
La mujer de Lot se convirtió en una columna de sal por mirar atrás.
El jazz está muerto.
Hace muchísimo.
Algunos dirán que ya no soy el mismo tipo que grabó el álbum con Doc Cheatham.
Tienen razón: ya no soy el mismo tipo que era hace catorce años.
¿No es ese el punto?
Nuestra razón de ser en este planeta es evolucionar.
La Edad de Oro del Jazz se acabó.
Déjenla ir.
Hay demasiados necrofílicos en el jazz.
Ustedes me están dando la razón.
Algunos dicen que nuestras limitaciones nos definen.
Yo no creo en las limitaciones. Pero sí, si alguien se cree limitado probablemente eso lo defina.
Las definiciones son retrospectivas.
Y si se están enfureciendo en este momento, es probablemente porque el jazz está muerto.
¿Por qué molestarse si lo que digo no es cierto?
No puedo hablar por nadie más, pero yo no toco jazz.
Yo toco “música posmoderna de Nueva Orleans”.
Louis Armstrong y Danny Baker tocan “música tradicional de Nueva Orleans”.
Ellis Marsalis y James Black tocan “música moderna de Nueva Orleans”.
Yo toco “música posmoderna de Nueva Orleans”.
Hago parte de un linaje.
Soy miembro de una estirpe.
Mis ancestros no hacían jazz, hacían música tradicional, moderna y avant-garde de Nueva Orleans.
Yo no toco jazz.
No dejo que otros me definan.
Soy un músico posmoderno de Nueva Orleans.
Creo música para el corazón y para la mente, para la belleza y para el botín.
Quien deje que los otros lo definan está muerto.
Con todo el respeto que los maestros merecen, ellos fueron víctimas de una mentalidad colonialista.
Los negros han sido condicionados por siglos para sentirse agradecidos por cualquier migaja que les tiren.
Como un músico posmoderno, es mi deber ser mejor que mis predecesores.
Preguntar, reexaminar y redefinir qué es lo que hacemos.
Ellos lo aceptaron porque tenían que hacerlo.
Como mis ancestros me abrieron las puertas, yo ya no tengo que hacerlo.
Louis hizo venias y vivió de sobras para que Miles pudiera dar la espalda.
Se llama evolución.
Es la mentalidad colonialista la que glorifica que alguien sea como un esclavo.
No hay nada romántico en los músicos de jazz pobres y arrastrados.
Al diablo esa idea.
No es cool.
El jazz es una mentira.
Estados Unidos es una mentira.
Tocar jazz es como correr en una caminadora eléctrica: puede que uno sude, pero no va hacia ninguna parte.
Puede que algunos digan que somos limitados.
Yo digo que somos tan limitados como creemos.
Yo no soy limitado.
El jazz es una treta del márketing para servir a una élite pequeña.
La élite hace el dinero mientras les dicen a los artistas de verdad que estar quebrado es cool.
¡Ocupemos el jazz!
No estoy hablando de la improvisación en el jazz.
La improvisación, por su propia naturaleza, no puede pasar de moda, pero algunas mentalidades fijas pueden ser sin duda mortales.
No saber es lo máximo que puedes llegar a saber.
Cuando no sabes es cuando “todo” es posible.
El jazz no tiene nada que ver con la música o con ser cool.
Es una idea de márketing.
Un ejemplo flagrante de lo que está mal con el jazz es la forma como las personas se pelean en su nombre.
A la gente le da demasiado miedo dejar ir un nombre que está matando el espíritu de la música.
La vida es más grande que la música, a menos que ames y/o toques jazz.
El arte o su ausencia son solo un reflejo.
Miles Davis personificó lo cool y odiaba el jazz.
¿Qué es el jazz en todo caso?
La vida no es lineal, es concéntrica.
Cuando de verdad estás creando no tienes tiempo para pensar en el nombre de lo que estás haciendo.
¿Quién piensa en cómo le va a poner al bebé mientras folla?
Tocar jazz es como usar el espejo retrovisor para manejar en una autopista.
Si crees que el jazz es un estilo musical, nunca empezarás a entender.
27 sept 2012
Umberto Eco y la muerte del libro
El filósofo y escritor Umberto Eco ha escrito una columna sobre el fín de los libros que tituló "Los reportes acerca de la muerte del libro han sido sumamente exagerados".
Aquí les dejo el artículo completo.
Tenía la esperanza de que para estas fechas el escándalo hubiera muerto, pero el debate acerca de si los lectores electrónicos de libros desplazarían a los libros tradicionales sigue con toda intensidad —específicamente, si los contratos de publicación de libros destinados a Kindle, iPad y otros lectores electrónicos son un preludio para la muerte definitiva de los libros y las librerías—.
Los periódicos han dedicado planas enteras de su cobertura de las artes a este tema: recuerdo un diario que dio un gran espacio a una foto de los bouquinistes o vendedores de libros instalados a lo largo de las riberas del Sena, y un artículo en el que se afirmaba que estos vendedores de libros (usados) están destinados a desaparecer. Por supuesto, el escritor no mencionó que si las casas editoriales realmente cesaran de publicar, emergería un próspero mercado para volúmenes antiguos, y los puestos callejeros como los de París —el único lugar donde uno podría encontrar los libros del pasado— disfrutarían de una nueva vida.
En un sentido este debate se inició hace más de 30 años, con el primer uso generalizado de la computadora personal. Pero la llegada del lector electrónico de libros generó renovadas inquietudes. Eventualmente, el guionista Jean-Claude Carrière y yo nos hartamos de tratar de contestar individualmente todos los comentarios fatalistas y publicamos una larga conversación el año pasado con el provocativo título de Nadie acabará con los libros.
Defender la idea de un futuro largo para el libro no significa negar que ciertas obras de referencia son más fáciles de cargar en una tableta, o que las personas que padecen de hipermetropía encuentran más fácil leer un periódico en un aparato electrónico que les permite aumentar el tamaño de la fuente del texto a voluntad, o que nuestros hijos podrían evitar dañarse la columna vertebral si no tuvieran que cargar mochilas escolares excesivamente pesadas. Tampoco aseguraría yo que la versión en papel de La guerra y la paz es universalmente más divertida de leer en la playa que en su versión electrónica. (Personalmente, estoy convencido de que sí lo es, pero los gustos varían, y mi única esperanza es que aquellos con gustos diferentes al mío no tengan que padecer una falla en la energía).
Pero ya tenemos pruebas de que los libros tendrán una larga vida, en la forma de volúmenes que fueron impresos hace más de 500 años y se encuentran aún en excelentes condiciones, así como pergaminos que han sobrevivido durante 2.000 años. En contraste, no tenemos prueba de que un medio electrónico pueda persistir en la misma forma. En el lapso de 30 años el disco blando o floppy fue reemplazado por un disco más pequeño con una cubierta rígida, que a su vez fue reemplazado por el CD, que fue desplazado por la memoria USB. Ninguna computadora es construida hoy en día para leer un disco blando de los años 80, así que no sabemos si lo que fue escrito en determinado disco hubiera durado 25 años, ya no digamos 500. Es mejor anotar nuestras memorias en papel.
Además, hay una gran diferencia entre la experiencia de sostener y hojear un libro leído hace años, descubrir los pasajes subrayados y las notas que uno anotó en los márgenes —una experiencia que transporta al lector y le permite revivir viejas emociones— y la de leer la misma obra en la pantalla de una computadora, en tipo Times New Roman de 12 puntos. Incluso si admitimos que aquellos que sienten placer con tales cosas son una minoría entre los 7.000 millones (y contando) habitantes del planeta, siempre habrá entusiastas para mantener un próspero mercado de libros. Y si ciertos libros desechables —los best sellers para leer en el tren, horarios de ferrocarriles o colecciones de chistes— desaparecen de las librerías y viven sólo en los lectores electrónicos, es mejor así. Piense en todo el papel que se ahorraría.
Hace años me quejé del hecho de que en todas las viejas y oscuras librerías del pasado, cualquiera que entrara a curiosear era enfrentado por un severo caballero que exigía saber qué era lo que deseábamos. El desconcertado cliente, intimidado, probablemente se retiraba de inmediato. Encontré más alentador visitar las nuevas librerías-catedrales, donde una persona podía sentarse durante horas y hojear todo lo que quisiera. Pero ahora, si los lectores electrónicos van a absorber todo el mercado disponible de libros, esas librerías del pasado quizá servirán para algo: podrían convertirse en lugares donde los aficionados irán para buscar el tipo de libros que no se desechan.
Finalmente, debemos recordar que, a lo largo del tiempo, ha habido incontables ejemplos de innovaciones populares que amenazaron con reemplazar a sus predecesores —pero no lo lograron—. La fotografía no ha dado por resultado el fin de la pintura (cuando mucho, quizá ha desalentado los paisajes y retratos y alentado el arte abstracto). La cinematografía no ha causado la muerte de la fotografía, la televisión no ha matado al cine y los trenes coexisten perfectamente bien con los autos y los aviones.
Así que quizá tenemos una diarquía: leer en papel y leer en pantallas, lo cual, con acceso suficiente, podría llevar a un incremento astronómico en el número de gente que aprenda a leer. Y eso, ciertamente, es progreso.
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