11 ago. 2010

Los Pilares de la Tierra

Debo reconocer que cuando me regalaron las 1179 páginas de "Un mundo sin fin" de Ken Follett, lo primero que pensé fue: "¿Y ahora como leo esto?". Lo terminé después de tres semanas y extrañé mucho a sus personajes durante un par de días.

Ahora comencé con las 1039 páginas de "Los pilares de la tierra" del mismo autor.
Ambientado en la Inglaterra del año 1135 el libro ofrece intriga, maldad, amor, odio, ambición, codicia, muerte, venganza y espiritualidad con mucho vértigo y una perfecta descripción de la Edad Media.

Asi comienza el prólogo:


Los chiquillos llegaron temprano para el ahorcamiento.



Todavía estaba oscuro cuando los tres o cuatro primeros se escurrieron con cautela de las covachuelas, sigilosos como gatos, con sus botas de fieltro. El pequeño pueblo aparecía cubierto por una ligera capa de nieve reciente como si le hubiesen dado una nueva mano de pintura y sus huellas fueron las primeras en macular su perfecta superficie. Se encaminaron a través de las arracimadas chozas de madera y a lo largo de las calles de barro helado hasta la silenciosa plaza del mercado donde la horca permanecía a la espera.


Los muchachos aborrecían cuanto sus mayores tenían en estima.


Despreciaban la belleza y se burlaban de la bondad. Se morían de risa a la vista de un lisiado y, de encontrarse con un animal herido, lo mataban a pedradas. Alardeaban de heridas y mostraban orgullosos sus cicatrices, reservando una admiración especial ante una mutilación. Un chico al que le faltara un dedo podía llegar a ser un rey.


Amaban la violencia, podían recorrer millas para presenciar derramamientos de sangre y jamás se perdían un ahorcamiento.


Uno de los muchachos orinó en la tarima de la horca. Otro subió los escalones, se llevó los dedos a la garganta, se dejó caer y contrajo el rostro parodiando de forma macabra el estrangulamiento. Los otros lanzaron voces de admiración, y dos perros aparecieron en la plaza del mercado, ladrando y corriendo. Uno de los muchachos más pequeños empezó a devorar una manzana, y uno de los mayores le dio un puñetazo en la nariz y se la quitó. El más pequeño se desahogó lanzando una piedra contra uno de los perros, que se alejó aullando.


Luego, como no había nada más que hacer, se sentaron sobre el pavimento seco del pórtico de la gran iglesia a la espera de que sucediera algo.


Detrás de las persianas de las sólidas casas de madera y piedra que se alzaban alrededor de la plaza oscilaba la luz de las velas, en los hogares de artesanos y mercaderes prósperos, mientras las fregonas y los aprendices encendían el fuego, calentaban agua y preparaban las gachas de avena El día cambio de la negra oscuridad a una luz grisácea. La gente del pueblo empezó a salir de los bajos portales, envueltos en gruesos abrigos de lana tosca, acercándose temblorosos de frío hasta el no para coger agua.


Pronto un grupo de hombres jóvenes, mozos de caballos, braceros y aprendices irrumpieron en la plaza del mercado. Desalojaron a bofetadas y puntapiés a los chiquillos del pórtico de la iglesia recostándose luego en los arcos de piedra esculpida, rascándose, escupiendo en el suelo y comentando con afectada seguridad la muerte por ahorcamiento. Si tiene suerte, afirmaba uno, el cuello se lo rompe tan pronto como cae, una muerte rápida y sin dolor. Pero de no ser así se queda ahí colgado, se pone amoratado, con la boca abierta, y se agita como un pez fuera del agua hasta quedar estrangulado. Otro aseguró que morir así podía durar el tiempo que le cuesta a un hombre recorrer una milla, y un tercero dijo que aun podía ser peor. Él había presenciado un ahorcamiento de un hombre en que el cuello se le había alargado treinta centímetros para cuando murió.


Las mujeres viejas formaban un grupo en el lado opuesto del mercado, lo más lejos posible de los jóvenes que eran capaces de gritar comentarios vulgares a sus abuelas. Las ancianas siempre se levantaban temprano, aunque ya no tuvieran bebes ni niños de quienes preocuparse. Y eran las primeras en encender el fuego y en barrer el hogar. Su líder reconocida, la fornida viuda Brewster, se unió a ellas haciendo rodar un barril de cerveza con la misma facilidad con que un niño hace rodar un aro. Antes de que diera tiempo a quitar la tapa se congregó un pequeño grupo de clientes esperando con sus jarras.


El alguacil del sheriff [ ] abrió la puerta principal para dar paso a los campesinos que vivían en los alrededores, en las casas adosadas a los muros de la ciudad. Algunos llevaban huevos, leche y mantequilla fresca para vender, otros acudían a comprar cerveza o pan y había quienes permanecían en pie en la plaza, esperando a que tuviese lugar el ahorcamiento.


De vez en cuando la gente ladeaba la cabeza como gorriones cautelosos y echaban una ojeada al castillo que se alzaba en la cima de la colma que dominaba el pueblo. Veían subir de forma constante el humo de la cocina y el ocasional destello de una antorcha por detrás de las ventanas estrechas como flechas de la despensa de piedra. Y de repente, más o menos en el momento en que el sol apareció por detrás de las densas nubes grises, se abrieron las pesadas puertas de madera y salió un pequeño grupo. El sheriff iba en cabeza montando un hermoso corcel negro seguido por un carro tirado por bueyes en el que iba el prisionero maniatado.


Detrás del carro cabalgaban tres hombres y aunque a aquella distancia no podían distinguirse sus rostros, su indumentaria delataba un caballero, un sacerdote y un monje. Dos hombres de armas cerraban la procesión.


Todos ellos habían estado ante el tribunal del Condado reunido en la nave de la iglesia el día anterior. El sacerdote había pillado al ladrón con las manos en la masa, el monje había identificado el cáliz de plata como perteneciente al monasterio, el caballero era el señor del ladrón y le había identificado como fugitivo. Y el sheriff le había condenado a muerte.


Mientras descendían lentamente por la ladera de la colina, el resto del pueblo se había agolpado alrededor de la horca. Entre los últimos en llegar se encontraban los ciudadanos más destacados. El carnicero, el panadero, dos curtidores, dos herreros, el cuchillero y el saetero, todos ellos con sus esposas.


La multitud parecía mostrar un talante extraño. Habitualmente disfrutaban con los ahorcamientos. Por lo general el preso era un ladrón, y ellos aborrecían a los ladrones con la rabia de la gente que ha luchado con dureza por lograr lo que tenían. Pero aquel ladrón era diferente. Nadie sabía quién era ni de dónde había llegado. No les había robado a ellos sino a un monasterio que se encontraba a veinte millas de distancia. Y había robado un cáliz incrustado de piedras preciosas, algo de un valor tan grande que hubiera sido virtualmente imposible venderlo, pues no era como vender un jamón, un cuchillo nuevo o un buen cinturón, cuya pérdida hubiera podido perjudicar a alguien. No podían odiar a un nombre por un delito tan inútil. Se escucharon algunos insultos y silbidos al entrar el preso en la plaza, pero incluso éstos carecían de entusiasmo y sólo los chiquillos se burlaron de él con encarnizamiento.


La mayor parte de la gente del pueblo no había presenciado el juicio, ya que no se celebraban en días de fiesta y todos tenían que ganarse la vida, de manera que aquella era la primera vez que veían al ladrón. Era realmente joven, entre los veinte y los treinta años, de estatura y constitución normales, pero tenía un aspecto extraño. Su tez era blanca como la nieve en los tejados, tenía los ojos ligeramente saltones, de un verde asombrosamente brillante, y el pelo de color de una zanahoria pelada. A las mozas les pareció feo, las viejas sintieron lastima de él y los chiquillos se morían de risa.


El sheriff les era familiar, pero los otros tres hombres que habían decidido la condena del ladrón les resultaban extraños. El caballero, un hombre gordo y rubio, era sin duda una persona de cierta importancia pues montaba un caballo de batalla, un enorme animal que costaría al menos lo que un carpintero podía ganar en diez años. El monje, mucho más viejo, tendría unos cincuenta años. Era un hombre alto y flaco e iba derrumbado sobre su montura como si la vida fuera para él una carga insoportable. El sacerdote era realmente impresionante, un hombre joven de nariz afilada, pelo negro y lacio, enfundado en ropajes negros y montando un semental castaño. Tenía la mirada viva y peligrosa, como la de un gato negro capaz de olisquear un nido de ratoncillos.


Un chiquillo, apuntando cuidadosamente, escupió al prisionero. Fue un buen disparo y le dio entre los ojos. El preso gruñó una maldición y se lanzó hacia el que le había escupido, pero se vio inmovilizado por las cuerdas que le sujetaban a cada lado del carro.


El incidente hubiera carecido de importancia de no haber sido porque las palabras que pronunció eran en francés normando, la lengua de los señores. ¿Era de alto linaje o simplemente se encontraba muy lejos de casa? Nadie lo sabía.


El carro de bueyes se detuvo delante de la horca. El alguacil del sheriff subió hasta la plataforma del carro con el dogal en la mano. El prisionero comenzó a forcejear. Los chiquillos lanzaron vítores; se hubieran sentido amargamente decepcionados si el prisionero hubiera permanecido tranquilo. Las cuerdas que le sujetaban las muñecas y los tobillos le impedían los movimientos, pero sacudía bruscamente la cabeza a uno y otro lado intentando evadirse del dogal. El alguacil, un hombre corpulento, retrocedió un paso y golpeó al prisionero en el estómago.


El hombre se inclinó hacia delante, falto de respiración, y el alguacil aprovechó para deslizarle el dogal por la cabeza y apretar el nudo. Luego saltó al suelo y tensó la cuerda, asegurando el otro extremo en un gancho colocado al pie de la horca.


Aquel era el momento crucial. Si el prisionero forcejeaba sólo lograría adelantar su muerte.


Entonces los hombres de armas desataron los pies del prisionero, dejándole en pie sobre el carro, solo, con las manos atadas a la espalda. Se hizo un silencio absoluto entre la muchedumbre.


Cuando se alcanzaba ese punto solía producirse algún alboroto. O la madre del prisionero sufría un ataque y empezaba a dar alaridos o la mujer sacaba un cuchillo y se precipitaba hacia la plataforma en un ultimo intento de liberarle. En ocasiones el prisionero invocaba a Dios pidiendo el perdón o lanzaba maldiciones escalofriantes contra sus ejecutores. Ahora los hombres de armas se habían situado a cada lado de la horca, dispuestos a intervenir de producirse algún incidente.


Fue entonces cuando el prisionero empezó a cantar.


Tenía una voz alta de tenor, muy pura. Las palabras eran en francés, pero incluso quienes no comprendían la lengua podían darse cuenta por la dolorida melodía de que era una canción de tristeza y desamparo.




Un ruiseñor preso en la red de un cazador


cantó con más dulzura que nunca,


como si la fugaz melodía


pudiera volar y apartar la red.





Mientras cantaba, miraba fijamente a alguien entre el gentío.


Gradualmente se fue abriendo un hueco alrededor de la persona a quien miraba y todo el mundo pudo verla.


Era una muchacha de unos quince años. Al mirarla, la gente se preguntaba cómo no se habrían dado cuenta antes de su presencia.


Tenía un pelo largo y abundante de un castaño oscuro, brillante, que le nacía en la frente despejada con lo que la gente llamaba pico de viuda. Los rasgos eran corrientes y la boca sensual, de labios gruesos.


Las mujeres mayores, al observar su ancha cintura y los abultados senos, imaginaron que estaba embarazada y supusieron que el prisionero era el padre de la criatura por nacer, pero nadie más observó nada salvo sus ojos. Hubiera podido ser bonita, pero tenía los ojos muy hundidos, de mirada intensa y de un asombroso color dorado, tan luminosos y penetrantes que cuando miraba a alguien sentía como si pudiera ver hasta el fondo de su corazón y tenía que apartar la mirada ante el temor de que pudiera descubrir sus secretos. Iba vestida de harapos y las lágrimas le caían por las suaves mejillas.


El conductor del carro miró expectante al alguacil y éste al sheriff, a la espera de la señal de asentimiento. El joven sacerdote de aspecto siniestro, con gesto impaciente, dio al sheriff con el codo, pero éste hizo caso omiso. Dejó que el ladrón siguiera cantando. Se hizo un silencio impresionante mientras el hombre feo de voz maravillosa mantenía a raya a la muerte.




Al anochecer, el cazador cogió su presa.


El ruiseñor jamás su libertad.


Todas las aves y todos los hombres tienen que morir,


pero las canciones pueden vivir eternamente.




Una vez acabada la canción, el sheriff miró al alguacil y le hizo un gesto de asentimiento. Éste gritó "¡Jop!", azotando el flanco del buey con una cuerda al tiempo que el carretero hacía chasquear también su látigo. El buey avanzó haciendo tambalearse al preso, el buey arrastró el carro y el preso quedó colgando en el aire. La cuerda se tensó y el cuello del ladrón se rompió con un chasquido.


Se oyó un alarido y todos miraron a la muchacha.


No era ella la que había gritado sino la mujer del cuchillero, que se encontraba a su lado. Sin embargo la joven era el motivo del grito. Había caído de rodillas frente a la horca, con los brazos alzados y extendidos ante ella. Era la postura que se adoptaba para lanzar una maldición. La gente se apartó temerosa pues todos sabían que las maldiciones de quienes habían sufrido una injusticia eran especialmente efectivas y todos habían sospechado que algo no marchaba bien en aquel ahorcamiento. Los chiquillos estaban aterrados.


La joven dirigió la mirada de sus ojos dorados e hipnóticos a los tres forasteros, el caballero, el monje y el sacerdote. Y entonces lanzó su maldición, subiendo el tono de su voz a medida que pronunciaba las palabras:


—Yo os maldigo. Sufriréis enfermedades y pesares, hambre y dolor. Vuestra casa quedará destruida por el fuego y vuestros hijos morirán en la horca. Vuestros enemigos prosperarán y vosotros envejeceréis entre sufrimientos y remordimientos, y moriréis atormentados en la impureza y la angustia...


Mientras pronunciaba las últimas palabras, la muchacha cogió un saco que había en el suelo junto a ella y sacó un gallo joven y vivo. Sin saber de dónde, en su mano apareció un cuchillo y de un solo tajo le cortó la cabeza al gallo.


Mientras aún seguía brotando la sangre del cuello, la muchacha arrojó al gallo descabezado contra el sacerdote de pelo negro. No llegó a alcanzarle, pero la sangre le salpicó por todas partes, al igual que al monje y al caballero que le flanqueaban. Los tres hombres retrocedieron con una sensación de asco, pero la sangre les alcanzó, salpicándoles en la cara y manchando sus ropas.


La muchacha se volvió y echó a correr.


El gentío le abría paso y se cerraba tras ella. Por último el sheriff mandó furioso a sus hombres de armas que fueran tras ella. Empezaron a abrirse paso entre la muchedumbre, apartando a empujones a hombres, mujeres y niños, pero la muchacha se perdió de vista en un santiamén y el sheriff sabía de antemano que aunque fuera tras ella no la encontraría.


Dio media vuelta fastidiado. El caballero, el monje y el sacerdote no habían visto la huida de la muchacha. Seguían con la mirada clavada en la horca. El sheriff siguió aquella mirada. El ladrón muerto colgaba del extremo de la cuerda con el rostro pálido y juvenil, con tintes azulados. Debajo de su cuerpo, que oscilaba levemente, el gallo descabezado, aunque no del todo muerto, corría en derredor de él formando un círculo desigual sobre la nieve manchada con su misma sangre.



Como ves, es ampliamente recomendable!

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