1 mar. 2012

El Libro de las Ilusiones, una genialidad de Paul Auster

"Todo el mundo creía que estaba muerto. Cuando se publicó mi libro sobre sus películas, en 1988, hacía casi sesenta años que no se tenían noticias de Hector Mann. Salvo un puñado de historiadores y aficionados al cine mudo, pocos parecían conocer siquiera su existencia. Todo o nada, la última de las doce comedias breves que realizó a finales de la época muda, se estrenó el 23 de noviembre de 1928. Dos meses después, sin despedirse de amigos ni conocidos, sin dejar una nota ni informar a nadie de sus planes, salió de la casa que tenía alquilada en North Orange Drive y no se le volvió a ver más."

Éste es el primer párrafo de este magnífico libro de Paul Auster llamado "El libro de las ilusiones".

Desde su primera frase “Todo el mundo creía que estaba muerto” hasta la última “Vivo con esa esperanza”, hay casi 300 páginas de lo mejor de la literatura norteamericana de los últimos 10 años.

Es la mejor novela de Paul Auster superando a la mismísima "Trilogía de Nueva York".

Es una obra que mantiene el ritmo de la historia sin decaer. El viaje y la búsqueda del desaparecido Mann -un personaje oscuro y fascinante a la vez, con una vida de tristeza y tragedia- se vuelven cruciales para el lector y nos mantiene en tensión siguiendo a su protagonista.

La solvencia de Auster al contar todo sin que sobre ni falte ninguna frase y presentarnos unos diálogos sobresalientes y muy visuales entre David y Alma.

Un libro Jazzlosophy de principio a fín!

Ahora hablando de Paul Auster, es un hombre multifacético: Traductor en Francia, poeta, ensayista, director de cine, marino en un petrolero, creador de un curioso juego de cartas y mucho más.

Su fama lo ha llevado a que los europeos le consideran un autor “muy americano”, mientras que para los americanos es un autor “muy europeo”.

Comenzó a escribir cuando tenía diez años. A los 15 años leyó “Crimen y Castigo” de Dostoyevsky y desde ese momento se decidió por las letras.

Auster manifestó: “Kafka y Beckett. Ambos tuvieron un gran impacto sobre mí. La influencia de Beckett fue tan fuerte que casi no pude salir de ella. Entre los poetas me sentía muy atraído por la poesía contemporánea francesa y por los objetivistas americanos, particularmente George Oppen, que se convirtió en mi amigo; también el poeta aleman Paul Celan, que en mi opinión es el mejor poeta de la post-guerra en cualquier idioma. De los poetas viejos, estaban Hölderlin y Leopardi, los ensayos de Montaigne y Don Quijote, de Cervantes, que sigue siendo una gran fuente de inspiración para mí.”

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