14 mar. 2012

La lucidez de Tomás Eloy Martínez


Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 16 de julio de 1934 - 31 de enero de 2010) fue un escritor y periodista argentino, guionista de cine y ensayista. Fue el inventor del noticiero Telenoche y su primer director. Como editor de revistas, fue el primero en poner a un escritor en portada, el caso de Jorge Luis Borges en Primera Plana.

Esto es que dice Wikipedia acerca de Tomás Eloy Martínez. Información de él hay mucha en internet, pero lo que quiero compartir es un artículo firmado en 1991 sobre la Argentina, que mas allá de su magnífica prosa sigue siendo lúcido y muy vigente.


Mitos pasados y mitos por venir
La Argentina fue fundada por ficciones. Hasta donde recuerdo, la primera nación que me narraron, antes de que aprendiera a leer, era una sucesión de estampas, en las que abundaban las lluvias y los desiertos. 

Mi primera nación fue un libro con un cabildo de adobe y tejas, una mañana de lluvia, en 1810. Alrededor del cabildo se veían algunos edificios bajos, con recovas, damas de miriñaque y patriotas de levitas impecables, que exigían la expulsión del Virrey. Los patriotas llevaban paraguas y repartían cintas azules y blancas. 

La estampa escamoteaba falazmente la realidad. No se veía que la plaza era en verdad un lodazal, no se tomaba en cuenta el hecho de que los paraguas (por entonces costosos y pesados) resultaban una rareza en la aldea de fin de mundo llamada Santísima Trinidad y puerto de Buenos Aires. En los libros donde por primera vez leí los relatos de la nación (pienso, sobre todo, en las historias de Grosso, de Levene, de Vicente Fidel López, de Mitre), la censura de nuestros orígenes era deliberada y respondía a un proyecto político: el proyecto de convertir a la Argentina en un país de cultura europea, habitado por hombres de raza blanca.

Ya en 1857, la Galería de celebridades argentinas, una colección de biografías reunida por Bartolomé Mitre (e inspirada por los Recuerdos de provincia de Sarmiento), determinaba quiénes iban a ser los íconos o modelos fundadores del país que estaba construyéndose. Mitre eligió a San Martín, Belgrano, Moreno, Rivadavia, el deán Funes, Lavalle, Brown, Florencio Varela y José Manuel García, omitiendo las alianzas con Rosas que aquejaban a dos de ellos (García y Brown). Para Mitre, el pasado colonial no existía. No había país —dictaminó— “antes de que Mayo [la Revolución de Mayo de 1810] lo hiciera existir por un acto de voluntad”. “Los habitantes de la Argentina colonial —dijo— no se cuentan  entre los hijos de nuestro suelo.”

Los hombres modifican el pasado para poder reconocerse mejor en el futuro. El sargento Cabral, héroe de la batalla de San Lorenzo, debía de ser un campesino parco —si existió—, en cuyo magro vocabulario no figuraban tal vez palabras como las que se le adjudican: “Muero contento, hemos batido al enemigo”. La tradición ha decretado, sin embargo, que esa sentencia no sólo es verosímil sino también verdadera.

A fines del siglo XIX, imaginar el futuro era un ejercicio concurrido, en el que descollaban los predicadores. Edward Bellamy, que antes de 1888 había descripto en varios borradores cómo debían ser las comunidades ideales, publicó ese año una novela de título elocuente, El año 2000, en la que un ciudadano de Boston, que despierta de un sueño mesmérico ciento trece años después, se descubre sumido en una sociedad que ha eliminado el individualismo económico y que encuentra en la igualdad social una fuente de felicidad indestructible.
Más explícito fue Julio Verne, al que deslumbraban las proezas de la técnica. Un año después de Bellamy, Verne dio a conocer en la revista norteamericana The Forum una fantasía breve en la que el dinero era, a la vez, héroe y el villano. “El diario de un periodista en el 2889” imagina máquinas que corrigen los efectos de las estaciones y multiplican las cosechas, periódicos que hablan a los lectores mientras se afeitan, robots que lavan
la ropa, foto-telegramas de Venus y Mercurio, brokers de Wall Street que multiplican su dinero cien veces trasladándose de Nueva York a París en tubos neumáticos que hacen la travesía en dos horas.
Muchos de los vaticinios que Verne reservaba para mil años después tardaron menos de un siglo en cumplirse.
Pero tanto en su obra como en la de Bellamy, la conversión del dinero en un mito es algo que todavía reserva sorpresas para el siglo que se aproxima.

Los fundadores del relato nacional trataron de educar a la posteridad a través de héroes ejemplares, que sacrificaban sus vidas por una patria ideal. En las alegorías de Mitre, Belgrano era la Pureza, San Martín el Desinterés, Moreno la Pasión, Florencio Varela el Lirismo, Gregorio Funes la Erudición. Los propios creadores de esos mitos fueron, a su turno, convertidos en símbolos: Mitre es el padre de los Documentos y de la Historiografía, Sarmiento el de la Educación y el del Sacrificio.

Más imaginativo, el siglo XX dejó tras sí grandes escritores ciegos que remedan el infortunio de Homero, héroes idealistas caídos en plena juventud (como Evita y el Che), astros de fútbol indisciplinados (como José María Moreno y el reiterado Maradona), cantores de tango que mejoran con la muerte, como Carlos Gardel y Roberto Goyeneche. Y también un par de pesadillas terribles, superiores a las que Sarmiento adjudicó a Juan Manuel de Rosas: la pesadilla de un cabo de policía con delirios ocultistas que dominó la vida y la muerte del país durante once meses eternos; la de una infinita red de campos de muerte, donde los verdugos obligaban a las víctimas a que les escribieran los discursos y los artículos de propaganda para la prensa antes de enterrarlos en fosas sin nombre o de arrojarlos al mar.

El siglo XXI promete ser más concreto. Por ahora, sólo un mito abstracto se perfila con fuerza: el Dinero, valor absoluto que gana elecciones y logra el milagro de convertir en peronistas a los empresarios y a los aristócratas, algo que hubiera desconcertado a Evita y tal vez a Perón.
El Dinero ha encontrado encarnaciones grises pero estridentes, que defienden valores como la Eficiencia, la Estabilidad, el Cierre de los Números, el Darwinismo Social. Son figuras volátiles, que pueden deshacerse al primer fracaso, pero la gente sigue enarbolándolos como bandera porque necesita creer en algo, y cada vez quedan menos cosas en las cuales creer. ¿Habrá que imaginar, entonces, una Argentina del siglo XXI en el que, desaparecidas las industrias nacionales, abandonado el campo, privatizados los cordones de las veredas, sólo nos rijan la Especulación y un Orden en el que los ricos (invirtiendo el célebre apotegma de Perón) serán cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres? Todo depende de cuáles son, ahora, las ilusiones de la comunidad. Los mitos expresan, al fin de cuentas, el deseo común. Y nada pertenece al porvenir con tanta
nitidez como el deseo.

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