3 jun. 2013

Tomás Abraham y su opinión sobre la decadencia y la crisis europea.

Por favor, Occidente, no te vayas. No nos dejes solos. No te alejes de mi. No queremos estar en manos de pueblos originarios. No nos referimos a los coyas o a los mapuches, ellos no quieren ser originarios, quieren ser ricos; la pesadilla es imaginar que podemos estar en manos de esos blancos populistas que en nombre de lo originario aspiran a parasitar con sus grandes culos en los despachos de la nueva burocracia nacional y estatal.  Occidente, no te olvides que hay un  Sur después del paredón.

Europa, en cuanto a ti, puedes irte o quedarte. En realidad nunca fuiste continente ni contenido más allá de estar de acuerdo en  despedazarte con frecuencia y escarnio. Eres un invento imperial y semita. Judeocristiano que le dicen. Atenas – en donde se inventó la política de la paridad y el uso de la palabra como mediadora de conflictos – era imperio. Entró y salió a espada desnuda en cuanta polis se atrevió a cruzársele. Roma –  magnificente por su Derecho y sus máximas en las que sus jerarcas meditaban sobre los excesos del poder y la necesidad de su moderación – crucificaba a Espartaco. Una vez  disuelta la grandiosidad de lo clásico, el medioevo cristiano se volvió  loco por haber sido portador de la peor de las locuras, la que se expande en nombre de la fe. La Inquisición y la Caza de Brujas, fueron su mejor logro administrativo.

Por pudor no deberíamos hablar de colonialismo y genocidio. Sería hacer leña del árbol caído. Vieja Europa nunca dejaste de ser tribal. Dices unión y piensas autonomía. Tú sí que crees en pueblos originarios. Eres étnica hasta la médula. Pero perdiste el tren de la historia. Renunciaste a la cópula por avaricia y no tienes baby boom.  No eres más que euro. Y lo puedes perder.  Merkel, Rajoy y Berlusconi son tus estadistas. En tu costilla oriental, más al centro, los grafittis antisemitas de tu racismo rancio no tienen sentido a pesar de escribirlos en los muros de Budapest, Bucarest, Zagreb o Varsovia. Por si esto no fuera suficiente, Europa, otra vez le sumas tu odio a los musulmanes, justificado en el maltrato contra las mujeres como si alguna vez hubieras tratado bien a alguien.

Europa, eres rara. Nací en Rumania, ¿puedo decir que soy europeo? Al lado de mi casa hay una coqueta parrilla que se llama “Minga”, viene bien la palabra, corresponde a mi identidad. Mi lengua materna es el húngaro, ¿puedo decir que es un idioma internacional?, ni siquiera sirve para hablar con uno mismo.  Soy judío…gracias por todo.

Pero Europa tiene credenciales, no podemos ignorarlo. Dejo de lado la pasión turística para quienes se deleitan con Londres, París y Venecia. Bellas a no dudar. Por ejemplo, la democracia. Esa idea de que el poder no puede ser un centro con un ocupante vitalicio sino un espacio delegado, fortuito y cambiante. También la Rennaissance – suena lindo en francés – y su idea del Individuo con mayúscula, la del artista creador y la del viajante curioso. No olvidemos la tarea del empirismo liberal que elaboró la noción de propiedad,  que en nada es una referencia mezquina, de ella deriva la condena de la tortura y la declaración del habeas corpus. ¿Qué sería de nosotros sin la Ilustración con su emblema que dice “ten el coraje de saber!”? ¿Qué dignidad humana nos cabría sin la autorización de explorar los misterios del mundo por más que le pese a Fausto y a todos los que advierten que conocer es peligroso? Por eso hablamos de las tinieblas de la censura despejadas por las Luces que nos alientan a pensar sin tutelas y a elaborar una moral universal para el nuevo sujeto llamado humanidad. Y, finalmente, el hecho revolucionario del paradigma científico que articula la voluntad de saber con la verificación de los enunciados, la refutabilidad de las teorías, y la publicidad de los resultados. ¿Quién es aquel que quiere perder este legado que se hace llamar Civilización Occidental? ¿Y quien se arriesga a despreciar por todo lo recién dicho a su adorada hija Europa?

Paridad política, moderación y contención del poder, intangibilidad del cuerpo, singularidad del individuo, libre expresión y pensamiento sin custodia, humanidad como nuevo conjunto de referencia moral, ¿qué otra forma de vida aparece en el horizonte que nos aliente a echar por la borda esta herencia llámese como se llame y darle la bienvenida a una nueva aurora?

Miro a lo lejos, y no veo nada. Miro cerca y veo a un par de fanáticos por allá, otro par de fanáticos por aquí, judíos ortodoxos seguros de sí y de sus seiscientos mandamientos diarios en nombre de la augusta segregación; bolivarianos con camisas rojas gritando a voz en cuello que un gobierno de ricos votado por pobres quedará para la eternidad; tejanos con botas que amenazan con arrojar una buena bomba por allá lejos si les aumentan los impuestos y les impiden ser dueños de la tierra; eslavos enriquecidos poseedores de bombas, clubes de futbol y del tráfico sexual; islamistas y evangelistas arrojando sus sacros libros dinamitados en nombre de la muerte pastoral.  No quiero hablar de ciertos asiáticos porque me da miedo. No me vengan con el feng shui, el taichi o el  origami. Ni con Lao Tsé, Confucio o el Dalai Lama. El ascetismo puede ser generoso o letal. No está mal si sirve para alongar los músculos, vaciar arterias y ser más paciente con la suegra. Pero el ascetismo impuesto por una dictadura es el peor. Trabajar y callarse. Trabajar y aplaudir. Me parece difícil que el gran gigante asiático pueda gerenciar a mil quinientos millones de seres vivientes como si fueran un regimiento al mando de un sargento. Parece una imagen demasiado estereotipada. Aunque es posible imaginar una alternativa aún peor. Quizás se los pueda administrar como si fueran cobayos de un laboratorio. Me refiero a una realidad que los pensadores europeos cuando nos quieren asustar llaman de un modo un poco macabro “tanatopolítica”. Las ciencias de la vida y de la muerte aplicadas a la conducción de grupos en un campo de concentración planetario.

Modelo chino: rey de la competitividad globalizada y protector de la patria grande.

Un argentino por adopción, nativo rumano, de lengua materna húngara, judío hasta el apellido, casado con una cristiana, ¿puedo decir que soy occidental y europeo? La verdad que no. No soy, me hago. Es lo que dijo mi mentor Jean Paul Sartre, uno no es, se hace.

Y si llegara a decidir hacerme a mi mismo bastante occidental y hasta un poco europeo, sólo será por amor a la filosofía, para salvarla de la religión que esclaviza, de la ciencia que manipula, de la burocracia que asesina, de la política que domestica. Por amor al oficio.

Por eso “no está bueno”, como dicen los del Pro, abandonar a Occidente y con él a Europa vieja y gastada como está, para que el mito del Individuo, de la paridad ciudadana, de la libertad de palabra, de la intangibilidad del cuerpo, del saber sin custodia, de la humanidad una, no se disuelvan y dejen la pista libre al Poder con mayúscula y a la servidumbre voluntaria que a tantos obnubila.

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