26 may. 2011

Mar del Plata por Jorge Lanata

El periodista argentino Jorge Lanata es nacido en la ciudad de Mar del Plata, como yo, y me pareció muy Jazzlosophy esta columna que escribió hace tiempo y salió publicado en su libro "Hora 25".

La comparto con todos ustedes.

Mar del Plata por Jorge Lanata

Hay pocas ciudades en el mundo que forman parte de los sueños colectivos. No deben ser más de quince o veinte. O quizá menos. Hablo de esas ciudades en las que uno sueña cambiar, ser uno mismo o convertirse en otro, descansar, vivir realmente, ciudades en las que uno sueña soñar, sueña acercarse a la naturaleza, a uno mismo, a lo que uno mismo nunca fue. Todo el mundo llega a esas ciudades buscando alguna cosa que no se ve a simple vista. En esas ciudades el paisaje importa, pero no es lo más importante: importa el aire, el viento, el agua, la promesa del futuro allí, importa el sueño al que quisimos llegar. El destino de los habitantes de esas ciudades es curioso: están condenados a ser testigos de la felicidad ajena. Nadie sueña en llegar al sitio donde nació. Los habitantes de estos quince o veinte lugares del mundo corren la suerte de los mozos que tienden la mesa, o los titiriteros que crean la magia: son los esforzados y desconocidos iluminadores del sueño de otros.

Esta ciudad fue el sueño de los marinos que en el Siglo XVI la llamaron Costa Galana, Lobería Chica o Punta Lobos y fue bautizada Punta de Arenas Gordas en el sueño de Magallanes, y en 1747 tres padres jesuitas sospecharon que en el borde de la Laguna de las Cabrillas podrían acercarse a Dios. En esta ciudad cuando la llamaban Puerto de la Laguna de los Padres, el comerciante portugués Coelho de Meyrelles soñó con volverse rico explotando un saladero y veinte años más tarde le endosó su sueño a Patricio Peralta Ramos, quien se desveló imaginando el futuro del puerto que quiso convertir en ciudad. En la mañana del 10 de febrero de 1874, Peralta Ramos se despertó con su sueño cumplido: un decreto del Gobernador Mariano Acosta fue partida de nacimiento del nuevo pueblo dentro del Partido de Balcarce. Tres años después el mismo sueño atrajo a Pedro Luro, que construyó el muelle y un molino. Y en 1886 aquel sueño parecía no tener fronteras: el 26 de septiembre el rumor de las olas fue atravesado por los chirridos del ferrocarril. El sueño viajó a Buenos Aires hecho un rumor: allá en el sur, hay un lugar... Ninguna familia rica se lo quiso perder: se instalaron en esta ciudad todos los años, entre noviembre y mayo, cuando volvían a subirse al ferrocarril del sur. Soñaban con Biarritz sin cruzar el océano, y se alojaban en el Bristol Hotel. “Nadie va a Mar del Plata a disfrutar del mar -escribió Jules Huret, visitante de la Argentina del Centenario- Con una sinceridad que desarma, las gentes vuelven la espalda al océano y no tienen ojos más que para los paseantes. Se va a Mar del Plata a lucirse, a lucir la fortuna”, cierra Huret. A soñar, a seguir soñando. Victoria Ocampo, Ortiz Basualdo, Emilio Mitre.

En la década del treinta la clase media reclamó su derecho al paraíso: se pasó de 60 mil visitantes a 340 mil. Alguien pronunció la frase que terminó por alejar a la aristocracia: “Hay que democratizar el balneario”. En 1938 se pavimentó la ruta 2, y se construyeron el Hotel Provincial y el Casino.
Alejandro Bustillo soñó entonces la rambla nueva. La historia posterior es, por contemporánea, mas conocida: Mar del Plata fue soñada desde los hoteles sindicales, llegaron contingentes de chicos que vieron el mar por primera vez, el sueño se llamó La Perla del Atlántico, o la Ciudad Feliz, y soñaron aquí lunas de miel, y vacaciones de temporada, y escapadas de invierno, y la casa de fin de semana o el departamentito compartido, y siempre el mar, y los alfajores a la vuelta, y el mar con Ella, o Ella con el mar, y el sueño siempre.

Con esta ciudad soñó también el cine, y los que vinieron a vivir su retiro, y los actores de la temporada, y Mar del Plata nunca pudo despegarse su cualidad de sueño.

El Dr. Ernesto Lanata, mi padre, soñó también y yo nací acá, en Mar del Plata, Partido de General Pueyrredón, como se aclaraba en las cartas y en los formularios. Casi no vivimos acá, en la casa de Punta Mogotes, en 61 y 20, que después se llamó calle Lynch 999. Pero cuando mi mamá enfermó y mi viejo dejó de lado su profesión para cuidarla, volvió a soñar en Mar del Plata cinco o seis meses por año. En Mar del Plata me emborraché por primera vez, y desde aquella noche nunca volví a tomar gin tonic, y en Mar del Plata me peleé y a los trece años me fui de mi casa, y dormí dos noches en una calesita, y luego fui rescatado por mi primo Caíto y trabajé como chocolatinero en el Cine Diagonal y renuncié cuando quisieron ascenderme a acomodador. Mar del Plata es también, hace mucho, el viento frío de Punta Mogotes en la cara, y aquellos años en los que uno era chico, e inmortal.

No quiero decir con esto que esta ciudad fue mi sueño, sino que todavía lo es.

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